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Actividades de Biblioteca

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1º Premio del Concurso de Relatos 2015: Siempre fresco













Siempre fresco
Raúl Clavero Blazquez

 

En el centro del plato precocinado Siempre-Fresco de judías pintas con oreja que está comiendo el señor Martínez, como una aleta de tiburón en mitad del océano, se asoma con picardía la punta de un dedo. Es un dedo humano, de mujer. La uña pintada lo delata.

El señor Martínez lo toma, sin asombro y con premura, y lo coloca en la encimera, junto a los otros cuatro dedos que en los días anteriores ha ido rescatando de algunas de las latas de recetas preparadas Siempre-Fresco que abundan por los estantes de su cocina.
Semejante colección de amputaciones habría disuadido a    cualquier    otro  consumidor de  seguir  adquiriendo productos Siempre-Fresco, pero para él  unos cuantos restos humanos en su almuerzo carecen de importancia. No, para el señor Martínez, que no encuentra ningún trabajo que le dure más de un par de semanas, ni ninguna mujer que le soporte su natural tendencia a la derrota, lo determinante en la lista de la compra no es el sabor, ni la variedad, ni el precio, sino la persistencia.

De entre toda la oferta disponible en el mercado, las comidas Siempre-Fresco son, de largo, las que más tiempo aguantan sin estropearse una vez abiertas. Nada menos que tres años. Una durabilidad que para el señor Martínez se ha convertido en la relación más sólida que ha conseguido establecer en su vida. La fidelidad del señor Martínez por la marca Siempre-Fresco es tan inquebrantable como  lo  es  su  certeza  de  que  morirá inevitablemente  solo,  de  modo  que,  tras  depositar el dedo  junto  a  sus hermanos, se lleva, sin ningún asomo de duda, una nueva cucharada de judías pintas con oreja a la boca.

Mientras mastica,mira los dedos inertes que tiene frente a 
él. Ya no se pregunta por qué no se deshace de   ellos. Cuando el primero apareció escondido tras la concha de un mejillón, el impulso inicial del señor Martínez fue tirarlo de inmediato al cubo de la basura, pero, al hacerlo, el dedo se le quedó enganchado a su propia mano como una de esas crías desahuciadas de los documentales de naturaleza que se aferran a la vida correteando torpemente detrás de sus madres...



 

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