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1º Premio Concurso de Relatos 2016: Factoría de Historias


Factoría de Historias
Ainoha Ollero

-¡Oh, Mr. Editor! ¡Qué gran placer tenerle de nuevo en nuestras humildes instalaciones! ¡Pase, por favor!

La espalda de Segismundo Bookslave se arqueó en una leve reverencia, casi involuntaria al ser fruto de la costumbre. Cada vez que un magnate o incluso un cliente potencial de poca monta les visitaba, tocaba inclinarse unas cuantas veces; nunca se era lo suficientemente servil cuando el objetivo era aumentar las ventas, repetía a sus aprendices incansablemente. Y esta premisa le había funcionado de maravilla, al menos hasta la fecha. Se apartó para dejar paso al imponente Alistair Editor, presidente del grupo mediático House of Fun Entertainment y por lo tanto pez no gordo, sino gordísimo, orondo, mastodóntico, de la industria editorial, entre otras. El trajeado hombretón entró con decisión, sabiéndose más que bienvenido.

-Vengo a ver qué tenéis para la temporada literaria que viene. La verdad es que lo que os compramos el año pasado nos está resultando bastante bien, buena relación calidad/precio/rendimiento, así que ¡echemos un vistazo! ¡Ya tenía ganas de ver la Factoría de Historias con mis propios ojos!

-¡Por supuesto, Mr. Editor! ¡De inmediato! El tiempo es oro y el suyo, oro blanco. Empecemos con la primera sala, que está aquí mismo.

Segismundo Bookslave abrió un enorme portón de seguridad que conducía a una galería desde la que se dominaba un amplio salón decorado en tonos pastel. Por todas partes había mullidos sofás, peluches, mesitas con cajas de bombones, restos de envases de helado, botellas de vino blanco más medio vacías que medio llenas y surtidos neceseres de maquillaje. En el fondo, si uno se fijaba mucho, se veía una pequeña alacena donde se exhibían algunos juguetes sexuales sorprendentes formas y llamativos colores. Por algo los llamamos juguetes.

En la estancia reinaba un suave cloqueo continuo salpicado de carcajadas espontáneas y pícaras risitas. Provenían de una caterva de mujeres de edades variadas y bocas repintadas que tecleaban sin descanso en portátiles o máquinas de escribir a la par que cotorreaban con sus compañeras y se atiborraban de chocolate y vino sin que por ello su rendimiento disminuyera ni un ápice. 


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